La Ilíada, la epopeya con la que
arranca la cultura de Occidente, se inicia con una terrible palabra, ménis,
traducida habitualmente por cólera: «La cólera canta, oh diosa, del Pélida
Aquiles, maldita, que causó a los aqueos incontables dolores, precipitó al
Hades muchas valientes vidas de héroes...» (canto I, 1-3). Homero encarna en el
héroe Aquiles una pasión divina, la cólera, que significa encono, rencor o saña
que los dioses liberan contra sus enemigos, y que el Pélida desencadena contra
Agamenón y, por contigüidad, contra todos los aqueos. Mas ¿acaso le está
permitido a un héroe comportarse como un dios? El hijo de Tetis recibirá la
némesis que le guardan los dioses —justa o desmesurada, tanto da— como repuesta
a la hýbris que define su transgresión. Y si Homero, en un arriesgado salto moral,
traslada la cólera de los dioses a los héroes, ¿no habrán sido los aedos
griegos quienes, tras repetir una y mil veces los versos que cantan esta cólera
semidivina, la hayan transmitido casi imperceptiblemente a la ética de los
hombres? Y, entonces, ¿qué hacer? Pero si ningún mortal comete una acción
—buena o mala— sin que lo autoricen los dioses, ¿le habrán permitido heredar la
cólera de Aquiles? Porque entonces el hombre puede transformarse en un ser
desmesurado, excesivo y pavoroso (deinotaton) y, a la vez, en un ser
desgraciado que hollará las tierras, surcará los mares y rasgará los aires sin
descanso solo por el penoso apetito de la venganza, que causa un desprecio
contra sí o contra los próximos sin que haya razón para su ira. Y por doquier
planta el fuego de las guerras, animado por los demonios de la disputa (Eris) y
del tumulto (Kydoimos). ¿Habría que rogar a los dioses la retirada de la
cólera, de la Ilíada misma y de los aedos que la cantan para vivir en armonía
con la naturaleza y con los otros hombres? ¿O habrá que resistir en su propio
terreno, en el lenguaje? El discurso filosófico, que nace con Platón, se
resiste a toda fatalidad, incluida la de la violencia. Y guarda un lugar preferente
para la cólera de Sócrates, contraposición de la cólera del Pélida, que, en vez
de causar dolor y muerte, ayuda al buen gobierno de la razón. En el Fedro, el
tiro conducido por un auriga-alma ha de aprender a armonizar los tirones de dos
caballos de diferentes composturas. Uno de ellos, negro y de sangre ardiente,
compañero de excesos y petulancias, gravita y tira hacia la tierra, alegoría de
la concupiscencia (επιθυμητικόν) de los hombres. El otro, blanco y de erguida planta,
seguidor de la opinión verdadera, ayuda a la razón, alegoría de la cólera irascible
(θυμοειδές) de los hombres. Este caballo de altiva cerviz y finos remos
representa una pasión intermedia entre la concupiscencia del caballo negro y la
racionalidad del auriga (λογιστικόν). Pues no es suficiente que el auriga
conozca la bondad para realizarla; debe poseer una enorme fuerza, obligado por
la fortaleza del caballo negro, que empuja hacia los goces inmediatos y hace
olvidar los fines a los que está encaminado el hombre racional. Y esa voluntad
necesaria solo la puede proporcionar la cólera, una pasión de la misma
naturaleza que la concupiscencia. Paradoja tremenda, aporía originaria de la
civilización europea, pues aunque puede producir los mayores males, se hace
necesario el concurso de la cólera o ira para que con su fuerza el ser humano
pueda encaminarse hacia el excelso bien.
HACER UNA INTERPRETACIÓN DE LA INTRODUCCIÓN ANTERIOR



